31:10 Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? 
Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas. 
31:11 El corazón de su marido está en ella confiado, 
Y no carecerá de ganancias. 
31:12 Le da ella bien y no mal 
Todos los días de su vida. 
31:13 Busca lana y lino, 
Y con voluntad trabaja con sus manos. 
31:14 Es como nave de mercader; 
Trae su pan de lejos. 
31:15 Se levanta aun de noche 
Y da comida a su familia 
Y ración a sus criadas. 
31:16 Considera la heredad, y la compra, 
Y planta viña del fruto de sus manos. 
31:17 Ciñe de fuerza sus lomos, 
Y esfuerza sus brazos. 
31:18 Ve que van bien sus negocios; 
Su lámpara no se apaga de noche. 
31:19 Aplica su mano al huso, 
Y sus manos a la rueca. 
31:20 Alarga su mano al pobre, 
Y extiende sus manos al menesteroso. 
31:21 No tiene temor de la nieve por su familia, 
Porque toda su familia está vestida de ropas dobles. 
31:22 Ella se hace tapices; 
De lino fino y púrpura es su vestido. 
31:23 Su marido es conocido en las puertas, 
Cuando se sienta con los ancianos de la tierra. 
31:24 Hace telas, y vende, 
Y da cintas al mercader. 
31:25 Fuerza y honor son su vestidura; 
Y se ríe de lo por venir. 
31:26 Abre su boca con sabiduría, 
Y la ley de clemencia está en su lengua. 
31:27 Considera los caminos de su casa, 
Y no come el pan de balde. 
31:28 Se levantan sus hijos y la llaman bienaventurada; 
Y su marido también la alaba: 
31:29 Muchas mujeres hicieron el bien; 
Mas tú sobrepasas a todas. 
31:30 Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; 
La mujer que teme a Jehová, ésa será alabada. 
31:31 Dadle del fruto de sus manos, 
Y alábenla en las puertas sus hechos.



Una mujer humildemente vestida, con un rostro que reflejaba sufrimiento y derrota, entró a una tienda. Se acercó al dueño y avergonzada, le preguntó si podía llevarse algunas cosas a fiadas. Con voz suave le explicó que su esposo estaba muy enfermo y que no podía trabajar; tenían siete niños y necesitaban comida.
El dueño, inflexible, le pidió que abandonara su tienda. Pero la mujer pensando en su familia continuó rogándole: ¡Por favor señor! Se lo pagaré tan pronto como pueda. El dueño se excusó diciendo que no podía darle crédito ya que no tenía una cuenta de crédito en su tienda.

Cerca del mostrador se encontraba un cliente que escuchó la conversación entre el dueño de la tienda y la mujer.
El cliente se acercó y le dijo al dueño de la tienda que él se haría cargo de lo que la mujer necesitara para su familia, pero éste no le hizo caso.

Se dirigió a la mujer y le preguntó: ¿Tiene usted una lista de compra? Si señor, respondió ella.
Está bien, ponga su lista en la balanza y lo que pese su lista, se lo daré yo en comestibles.
La mujer titubeó por un momento y cabizbaja, buscó en su cartera un pedazo de papel y escribió en él. Luego temerosa, puso el pedazo de papel en la balanza.

Al hacerlo la balanza bajó de golpe, como si hubiera puesto sobre ella una roca o un pedazo de hierro. Los ojos del dueño y cliente se llenaron de asombro. Tal como había dicho, el dueño comenzó a poner comestibles al otro lado de la balanza, pero ésta no se movía, así que continuó poniendo más y más comestibles, pero como la balanza nunca se igualaba, no aguantó más y agarró el pedazo de papel para ver si había algún truco.
El dueño miró el papel y lo leyó asombrado. No era una lista de compra, era una oración que decía:
"Querido Señor, tú conoces mis necesidades, dejo esta situación en tus manos".

El dueño de la tienda le dio a la mujer todos los comestibles que había reunido y se quedó en silencio, mientras la mujer abandonaba la tienda.

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Bendiciones,
Margaret Perez